Testimonio de Rainiero Cantalamesa
Mi
historia personal con el Señor empezó muy temprano. Fui bautizado a los pocos
días después de mi nacimiento; pero esto no era todavía un encuentro personal.
Mi primer encuentro personal fue a los trece años. Yo estaba en un Colegio de
Capuchinos. No sabía todavía lo que iba a hacer en mi vida, cuando tuvimos un
primer retiro y escuché por primera vez las grandes verdades de nuestra fe: el
amor de Dios, la vida eterna, el infierno ... Recuerdo
muy bien la impresión que me dio la meditación sobre el infierno; me hizo
entender que la vida es algo muy serio, una aventura muy seria. Y escuchando
estas verdades, exponiéndome por primera vez a la luz del Evangelio, percibí
inmediatamente mi vocación, me sentí llamado por el Señor a hacerme sacerdote
franciscano. El ser franciscano era secundario en aquel momento; lo que era
primordial era que yo dedicaba mi vida al Señor Jesús.
Empecé mi formación que duró muchos años. Estudié, fui ordenado sacerdote en
Loreto, que es un lugar donde hay un Santuario de la Virgen muy importante. Fue
ordenado sacerdote en 1.958, hace muchos años, algunos de vosotros todavía no
habíais nacido. Después los superiores me enviaron a Suiza a estudiar Teología
y me doctoré en Teología estudiando a los Padres de la Iglesia. Después me
enviaron a la Universidad Católica de Milán para profundizar en el conocimiento
de las lenguas clásicas, latín y griego, para estudiar mejor los Padres de la
Iglesia y la Escritura.
Cuando terminé mis estudios de filología clásica, me invitaron a quedarme a la
Universidad. El Rector de entonces que era un santo. Ahora está en proceso su
beatificación. Él fue un precioso laico para la Iglesia de Italia. El me invitó
a ser su ayudante y después de dos años se instituyó una cátedra para mí que
era la cátedra de Historia de los Orígenes del Cristianismo. Se estudia en esta
cátedra el Nuevo Testamento y los primeros siglos de la Iglesia, un precioso
campo.
Llevaba allí enseñando varios años y predicaba los domingos algunas homilías,
pero nada más. Mi papel era sobre todo la búsqueda científica. Estaba contento
y mis superiores decían que estaban muy orgullosos de tener un miembro de su
orden en la Universidad Católica. Es una importante Universidad que en aquel
tiempo; tenía unos veintidós o veintitrés mil estudiantes.
En 1.975, una señora a quien yo acompañaba en su camino espiritual, regresó de
un Retiro de fin de semana en una casa de Milán y me dijo: “He encontrado un
grupo de personas extrañas que oran de una manera nueva, que levantan las manos
y se habla incluso de milagros que ocurren entre ellos”. Y yo como un buen
director espiritual muy prudente le dije: “Tu no irás más a estos Retiros”.
Eran los primeros grupos de oración de la Renovación Carismática que llegaban a
Italia. Esta señora obedeció, pero me invitaba a acudir a algunos encuentros de
la R.C. para ver ... Una vez
me llevó a Roma a un Encuentro. Yo estaba allí como observador. Había cosas que
no podía aceptar, por ejemplo: abrazarse, besarse ...
Yo expongo mis dificultades porque sé que hay muchos que hoy encuentran las
mismas dificultades, sobre todo entre el clero. Entonces me pidieron que
confesase. Y escuchando estas confesiones fue mi primer impacto con la gracia.
No simplemente las manifestaciones, sino la gracia interior de la Renovación
Carismática. Porque había un arrepentimiento que yo raramente había encontrado
y se trataba de laicos, de gente muy normal. Me parecía que los pecados caían
como piedras de su alma. Había una liberación, una gracia, lágrimas... Yo
estaba asustado y me decía a mi mismo: “ No puedes
negar que aquí está la gracia de Dios. Éste es el Espíritu que obra, porque
solamente Él puede dar una idea, un conocimiento tan claro del pecado, un
arrepentimiento tan grande”. Pero todavía estaba en una posición de juez.
Juzgaba lo que me parecía bueno, lo que no me parecía bueno. Y los animadores
de entonces, los líderes, decían a los hermanos : no
vayáis a ese sacerdote porque él es un enemigo de la Renovación Carismática.
Tengo que decir otra cosa. Para mucha gente el primer impacto con la R.C. se manifiesta en lágrimas, para mi fue en una sonrisa.
Yo tuve mucha dificultad en reprimir mi risa, pero sentía que era un reír
santo, diferente. Era como si Dios me sacudiera, para sacudir el hombre viejo y
hacerme salir de mi seguridad, de mi orgullo. Y está fue la primera ofrenda de
liberación que el Señor me daba.
Di un curso en la Universidad en aquel momento sobre los movimientos
carismáticos proféticos de la primera Iglesia, para intentar comprender algo de
esta nueva manifestación en la Iglesia. No me ayudó mucho esta búsqueda
científica, pero me sirvió porque me mantuvo en contacto con la R.C..
Ellos me conocían, incluso me invitaban a dar algunas enseñanzas; y yo estaba
ahí, atraído, fascinado por lo que veía. Yo me decía a mi mismo: “Esto es lo
que pasaba en las primeras comunidades cristianas, tú lo sabes, tú estudias
esto y sabes que esto es precisamente lo que pasaba en aquellas primeras
comunidades: carismas, profecías, laicos tomando su papel en la vida de la
Iglesia, no callando siempre, no sólo hablando el sacerdote...”
Algunas objeciones, que yo ponía, fueron encontrando su respuesta. Por ejemplo,
para mí era una dificultad ver que si aquello era del Espíritu de Dios porque
había algunas cosas que eran claramente carnales y humanas. El Señor me hizo
comprender que el don de Dios está siempre mediado por los hombres, la
debilidad humana. El carisma de la autoridad en la Iglesia a veces no está
ejercitado de manera perfecta porque existe la ambición, el poder y a nadie se
le ocurre abolir la autoridad. Lo mismo tenemos que decir de otros carismas : no están empleados de manera angélica pero es la
manera de Dios de obrar con medios humildes, pobres y defectuosos.
En 1.977 una mujer -notad que hay siempre una mujer como mediadora; y éste es
un don de la mujer, ser una ayuda; el hombre debe ser una ayuda también- , una
mujer ofreció cuatro boletos con todo incluido para ir a América a un Encuentro
Carismático Ecuménico que tendría lugar en Kansas City
en los Estados Unidos. Uno de estos boletos se le ofreció a un profesor de
teología que después fue nombrado arzobispo de Turín y fue cardenal, ahora
jubilado. Pero en el último momento su madre enfermó y no pudo ir. Este boleto
llego a mí. Yo me decía: “Será una experiencia más”. Yo tenía que ir a los EE.UU. para aprender inglés y me decía: “En una semana todo
habrá acabado y yo iré a mi comunidad capuchina”.
Me fui a este Encuentro. Había 40.000 personas. La mitad católicos y la otra
mitad de otras confesiones cristianas, muchos pentecostales,
anglicanos y toda clase de confesión cristiana. Y allí yo seguía en esta
posición de observador que está interesado con algunas manifestaciones, como la
manera de proclamar la Palabra de Dios con tanta unción, pero rechazaba otras
expresiones que no entraban en mi esquema mental.
Por la mañana cada Iglesia se reunía por su cuenta y por la tarde nos reuníamos
todos juntos en un estadio escuchando, cantando ...
Hubo una escena que siempre me quedará grabada en la memoria. Una tarde, un
líder de la R.C. muy conocido, tomó el micrófono y
empezó a hablar de una manera nueva para mí. Él dijo: “Llorad y haced lamento
porque el cuerpo de mi Hijo está destrozado. Vosotros, los obispos, llorad y
haced lamento porque el cuerpo de mi Hijo está destrozado, vosotros los
sacerdotes, los pastores, los laicos...” .
Mientras él hablaba yo empecé a ver la gente que caía a mi alrededor hasta que
todo el estadio era una inmensa muchedumbre de gente llorando de
arrepentimiento por la división, la discordia entre los cristianos. Y todo esto
pasaba y había un gran letrero sobre el cielo, un letrero electrónico que
decía: Jesus is Lord -Jesús
es Señor-. Me pareció una profecía: La Iglesia, reunida en un lugar, formando
un solo cuerpo, todos de rodillas lloramos, pidiendo perdón al Señor bajo el
señorío de Cristo. Fue allí cuando concebí este libro, “La vida en el señorío
de Cristo” que ahora se titula de forma más sencilla “La vida en Cristo”,
porque era el descubrimiento del Señorío de Cristo, de Jesús, el Señor. Era muy
extraño porque yo como profesor había estudiado este título: Kirios, Señor. Conocía su importancia; pero me parecía algo
nuevo porque para mi el descubrimiento del señorío de Cristo es el alma de la R.C., su fruto más profundo. La experiencia del Espíritu
viene sobre los que proclaman a Jesús Señor. Tengo que decirlo con gran
vergüenza: no estaba todavía convencido. No era mala fe, sino que, como
sacerdote, como hombre de estudio, me sentía obligado a discernir y ser
prudente, tal vez demasiado prudente.
Había un canto que se cantaba allí que era la historia de Jericó que cae al son
de las trompetas. Esta canción cuenta la historia y había un estribillo que
repetía: “Jericó debe caer”. Cuando se cantaba este estribillo, imaginad éramos
40.000 personas, mis compañeros italianos me daban codazos y me decían: escucha
bien porque Jericó eres tú. Y Jericó cayó. No inmediatamente, no tan
fácilmente.
Me invitaron a un Retiro en New Jersey
y tengo que comentar la importancia de no criticar a los sacerdotes que tienen
dificultades en aceptar la Renovación, sino amarles. Fue el amor que yo
encontré en mis hermanos, sobre todo en un joven sacerdote irlandés que trabaja
en América, su paciencia, sus cuidados y atenciones. Esto preparó el terreno
para mi experiencia. Me fui a esta casa de Retiro, pensando en quedarme allí un
día y después irme a mi comunidad capuchina en Washington. Me dijeron quédate
aquí. Y empezó una lucha en mí. Yo me decía: “Esta no es una casa de perdición,
es una casa de Retiro, si me quedo no me puede hacer mal..
Entonces, ¡me quedo Señor!; te doy esta última posibilidad de convencerme, de
hablarme”.
Empecé aquella semana que concluía con el bautismo en el Espíritu. Insisto,
compartir mis dificultades puede ayudar a otros. Había todavía en mí una
resistencia. Yo me decía: “Soy ya bautizado, sacerdote, religioso. Yo soy hijo
de San Francisco de Asís. Tengo a S. Francisco como mi padre. ¿Que más necesito?. ¿Que pueden darme estos hermanos laicos?”. Era una objeción
de la carne, del hombre viejo, evidentemente. Y continuaba retumbando en mí
esta frase: “Yo soy ya hijo de S. Francisco de Asís, tengo ya una hermosa
espiritualidad”. Y mientras yo pensaba esto, una mujer -siempre una mujer-
abrió la Biblia y, sin saber nada, empezó a leer. Era el pasaje donde Juan
Bautista dice a los fariseos: “No digáis en vuestros corazones: tenemos a
Abraham como nuestro padre”. Yo entendí que el Señor me hablaba a mi. Y ésta es la manera del Señor de hablar a través de la
Escritura. Estaba claro que el Señor contestaba a mi objeción. Me levanté, no
hablaba todavía inglés, hablaba en italiano, pero extrañamente todos parecían
entenderme y dije: “Señor, no diré ya más que soy hijo de S. Francisco de Asís
porque me doy cuenta de que no lo soy. Te pido a Ti que hagas de mí un hijo
verdadero de S. Francisco de Asís y si para eso es necesario someterme al
bautismo en el Espíritu, acepto”.
Empecé a prepararme para recibir el Bautismo en el Espíritu. Esta fue la
ocasión para mí, como teólogo, de preguntarme qué es este signo del bautismo en
el Espíritu de la R.C. . Y
lo que percibí en un primer momento es lo siguiente: es una manera de decir a
Dios este “si, acepto”, que otros dijeron por mí en mi bautismo. En mi
bautismo, la iglesia peguntó: ¿crees en Dios?. Y otras
personas -que fueron mis padres- contestaron: si, creo. ¿Aceptas a Jesús como
Señor?. Y me di cuenta que ahora había llegado el
momento de decir yo en primera persona a Jesús: sí, acepto a Jesús como Señor.
También era la ocasión para renovar mi profesión religiosa, mi ordenación
sacerdotal, renovar todo por el Espíritu Santo. Después tuve la ocasión de
reflexionar sobre el Bautismo en el Espíritu, también he escrito algo en mis
libros. Para mí es una gracia de renovación de todo el rito de la iniciación
cristiana, el bautismo, la confirmación. Pero es también una gracia
extraordinaria que no se puede explicar con las categorías que ya conocemos. Es
una gracia, es una respuesta a la plegaria del Papa Juan XXIII que pidió a Dios
un nuevo Pentecostés para la Iglesia Católica. El Señor ha contestado y esta
gracia es una gracia especial de un Pentecostés renovado para la Iglesia del
final del II Milenio y tal vez de todo el III Milenio. Es una gracia especial y
esto explica por qué esta gracia del Bautismo en el Espíritu, de un nuevo
Pentecostés, no es sólo conocida por nosotros los católicos; también los
protestantes la conocieron antes que nosotros y para ellos también es una
gracia especial.
La última impresión que recuerdo, en la vigilia de mi bautismo, es que paseaba
por el parque y el Señor me habló con una imagen, como muy a menudo el Señor
hace. Es una imagen que se forma en mi interior y que es una palabra. Imágenes
que son palabras que se graban a fuego en el alma. Es una manera de Dios de
comunicarse con sus criaturas. Yo me veía como un cochero que estaba sobre un
coche y tenía las riendas del coche. Intenté guiar y decidir si ir rápido o
despacio, a derecha o izquierda. Entonces me pareció que el Señor Jesús subía a
mi lado y muy amablemente me decía: ¿Quieres darme las riendas de tu vida?. Hubo un momento de pánico porque me di cuenta que esto
significaba que si yo daba las riendas de mi vida al Señor, a partir de ese
momento yo ya no volvía a ser más el señor de mi vida, el dueño de mi vida. Él
sería el Dueño de mi vida. Por gracia de Dios, en momentos como éste se
descubre qué es la gracia de Dios. Se descubre lo que dice San Pablo que todo
es gracia, que por la gracia somos salvados. Por la gracia de Dios encontré en
mi corazón un sí, Señor, toma las riendas de mi vida porque yo me doy cuenta de
que no puedo ni siquiera decidir sobre mi vida; mañana podría estar muerto; entonces ... toma Tú, Señor, las riendas de mi vida. Ahora
tengo que hacer en voz baja una pequeña confesión pública :
muy a menudo, de muchas maneras, he intentado retomar las riendas de mi vida y
esto son las debilidades humanas; pero cada vez, el Señor me hace comprender
que una vez que se le han dado las riendas no se pueden volver a tomar.
Llegó el momento de esta oración del Bautismo en el Espíritu y había muchas
profecías y todas eran sobre un ministerio que era la proclamación del
Evangelio. Un hermano -este sacerdote irlandés- decía: “Tu encontrarás un nuevo
gozo en tu vida en proclamar MI Palabra”. Ya he dicho que hasta ese momento yo
no era un predicador y no sabía qué significaba esta palabra. Se hablaba de
Pablo que iba a Antioquia y anunciaba el Evangelio a todas las naciones. Hubo
un momento en que me dijeron, ahora elige a Jesús como el Señor de toda tu
vida. En ese momento levanté mis ojos y encontré el crucifijo que estaba por
encima del altar y otra imagen, otra voz interior: “Yo soy el Señor que estás
eligiendo. Yo, el Crucificado”. Esto me ayudó enormemente porque me hizo
entender que la Renovación Carismática no es simplemente algo emocional, esa
alegría, levantar los brazos... Sí, ésos son signos exteriores de una alegría
nueva. Pero lo esencial es que, en la R.C., el
Espíritu Santo te lleva al corazón del Evangelio que es la cruz de Jesús; de
allí brota el Espíritu como la sangre y el agua.
No hubo emociones particulares durante mi Bautismo en el Espíritu; pero sí la
certeza de que algo estaba sucediendo. El día después me fui al aeropuerto para
irme a Washington y, en el coche, el sacerdote que me acompañaba me dijo:
“ahora escucha bien porque yo pongo una cinta en el cassette
y la primera canción es una profecía para ti”. Era un canto que decía: “Que
bellos son los pies de los que anuncian el Evangelio”. Ahora, por donde voy en
Italia, me cantan este canto porque saben que es mi canción.
Me fui en el avión y sentía que algo había pasado. Y abriendo el Breviario me
parecía que los salmos eran nuevos, me hablaban, parecían escritos
especialmente para mí ... Y me di cuenta que esto es uno de los primeros signos
del obrar del Espíritu Santo: la Escritura se vuelve Palabra viva de Dios.
No podemos descuidar este don magnífico para la Iglesia. La Iglesia en el
Concilio ha hablado de la importancia de la Escritura en la Constitución Dei Verbum. Pero la realidad es
que los cristianos, los laicos que nunca habían tenido una Biblia, ahora no
pueden separarse de su Biblia. Yo he conocido muchos casos conmovedores de la
Biblia que habla directamente, ilumina, da fuerza a los cristianos más sencillos.
En una misión en Australia encontré un obrero, un emigrante italiano que estaba
allí y que el último día de la misión vino y me dijo: Padre, yo tengo un gran
problema en mi familia, tengo un muchacho de once años que no está todavía
bautizado. El problema es que mi mujer se ha vuelto Testigo de Jehová y no
quiere escuchar hablar del bautismo. Si lo bautizo, habrá una tragedia en mi
familia; si no lo bautizo, no estoy tranquilo porque cuando nos casamos éramos
los dos católicos. Yo le dije: déjame esta noche para reflexionar y mañana
hablamos y vemos qué podemos hacer. A la mañana siguiente este hombre viene
hacia mi muy contento y me dice: Padre, yo ya he hallado la respuesta. Me
alegré mucho porque yo todavía no lo veía nada claro. Me dice: Ayer por la tarde,
regresé a mi casa y me puse a orar y abrí la Biblia y me vino la página donde
Abraham lleva a su hijo Isaac a la inmolación y leyendo me he dado cuenta que
cuando Abraham llevó a su hijo Isaac a la inmolación no dijo nada a su mujer.
Era una respuesta incluso exegéticamente perfecta.
Porque es verdad, los rabinos cuando comentan este pasaje hacen notar que
Abraham se calló, no dijo nada temiendo que su mujer le impidiera obedecer a
Dios y yo mismo bauticé a este muchacho y fue una gran fiesta para todos.
Conocí en Italia a una viuda que había perdido a su marido muy joven. Tenía
tres hijos. Era un matrimonio muy unido y ésta era una prueba terrible. Lo que
le ayudó e incluso hizo de esta mujer una evangelizadora, fue la Palabra de
Dios, la Biblia. Ella tiene una sensibilidad, un sentido de la Escritura que a
mí mismo me asombra. Las primeras semanas sin su marido ella decía que ponía la
Biblia a su lado en la cama porque la Biblia se había vuelto su compañero vivo,
Dios le hablaba.
Los tres meses que pasé en Washington después de mi bautismo fueron mi luna de
miel con el Señor. También nosotros los sacerdotes tenemos nuestra luna de
miel. Mi luna de miel duró tres meses. Pero yo siento que la luna de miel -de
los casados- no suele durar mucho más. Regresé a Italia y la gente de la
Renovación que me había conocido estaba maravillada. Una mujer decía: “Hemos
enviado a América a Saulo y ellos nos han devuelto a
Pablo”.
Empecé a participar en un grupo de oración en Milán y después de algunos meses
ocurrió algo que cambió mi vida. Yo estaba en mi celda orando. No penséis que
soy un gran hombre de oración. Deseo, deseo orar. Y a veces incluso me quejé un
poco con el Señor diciéndole: “Señor, tu me envías por todo el mundo a hablar
de la oración, incluso de la oración trinitaria, ¿por qué no me das una gracia
de oración un poco más fuerte, porque mi oración es tan débil, Señor?. Me avergüenzo de hablar a los demás de oración. Y el
Señor me contestó de esta manera tan simple: “Raniero,
¿cuáles son las cosas de las que se habla con más pasión y entusiasmo, las que
se desean o las que se poseen?. Yo contesté: “Las que
se desean, Señor”. “Bien -me contestó el Señor- sigue deseando y hablando de la
oración”. Por eso, cuando hablo, siempre me siento discípulo y no maestro.
Siempre recuerdo un dicho de los Padres del desierto que decía: “Si tienes que
hablar a los demás de algo que tú no vives, algo que no has alcanzado todavía
con tu vida, habla; pero haciéndote el más pequeño de todos tus oyentes; habla
como discípulo, no como maestro”. Y yo trato de hacer mío este consejo.
Pues lo que pasó en aquel momento de oración fue esto. Tuve de nuevo una imagen
interior. Aparentemente nada extraordinario, pero interiormente muy
extraordinario. Tan extraordinario que cambió mi vida. Era como si el Señor
Jesús pasara delante de mí ... Y no sé por qué, pero
reconocía que era Jesús como cuando regresaba del Jordán después de su bautismo
y estaba a punto de empezar a proclamar el Reino de Dios; y pasando delante de
mí, me decía: “si quieres ayudarme a proclamar el Reino de Dios, déjalo todo y
sígueme”. Yo entendí inmediatamente que el Señor quería decir: “deja tu
enseñanza, tu cátedra universitaria...”. Yo era incluso director de un
departamento de esta Universidad, el departamento de Ciencias Religiosas.
“Déjalo todo y vuélvete un simple predicador itinerante de la Palabra de Dios
al estilo de tu padre Francisco de Asís”. Yo tuve miedo de no estar lo bastante
decidido, porque el Señor invitaba pero parecía tener prisa. No se paraba, era
como quien tiene mucho qué hacer. Y de nuevo esta experiencia de la gracia de
Dios, al final de la oración encontré en mi corazón un “sí” lleno. “Señor, ¡lo
dejo todo!”. La Universidad había instituido esta cátedra especialmente para mí
y el Rector de la Universidad era mi maestro, mi amigo. En mi corazón había un
“sí, Señor, aquí estoy”.
Me fui a mi superior a Roma pidiendo el permiso para cambiar mi vida. Dejar la
Universidad y ser un predicador a tiempo completo. El Superior General era un
hombre que murió el pasado mes de Febrero a la edad de 91 años, un santo, un
hombre de oración. Tuve la gracia de orar con él las últimas horas de su vida.
De San Francisco se decía que no era un hombre que oraba era un hombre hecho
oración. Y así era también mi superior.
Este superior a quien yo ya había manifestado mi experiencia del Bautismo en el
Espíritu, como buen superior prudente, me dijo: “Esperemos un año y después
decidiremos”. Ésta fue la ocasión para mí de descubrir la gracia de la
obediencia. Yo había tenido una inspiración clara del Señor que me pedía
dedicarme a predicar. Pero ahora tenía que someter mi inspiración personal a la
autoridad de mi superior, incluso cuando me decía “esperamos”. Aquí yo concebí
un pequeño libro titulado “Obediencia”. Puede ser útil porque, a veces, la
gente en la R.C. tiene una inspiración del Señor, se
sienten llamados a hacer algo y piensan que esto es suficiente y sin pedir
ningún permiso, ni al obispo, o al superior... se lanzan a llevarlo a cabo y
nadie puede pararlos. Esto no es bueno, porque siempre la inspiración interior
del Espíritu tiene que someterse al discernimiento objetivo de la Iglesia. El
Espíritu que te habla personalmente te habla también a través de la obediencia
a la autoridad que puede ser: el obispo, el superior, el párroco, el director
espiritual... puede ser de diferentes clases. Éste es un criterio muy importante : no podemos actuar simplemente bajo la
inspiración personal porque nunca sabremos si hemos acertado o nos hemos
equivocado. Si yo hubiera dejado la Universidad simplemente bajo esta
inspiración personal, nunca habría sabido si era verdaderamente la voluntad de
Dios. La obediencia salvó mi vocación.
Después de un año, no estaba para mí tan claro. ¿Qué voy a hacer ahora?. Yo había pasado toda mi vida en el estudio, en la
búsqueda. ¿Qué voy a hacer?. Había un cierto temor.
Volví entonces al superior y él con mucha decisión me dijo: “Es la voluntad de
Dios. Dirán que estamos locos los dos, tu y yo; pero después de diez años tal
vez entenderán”.
El Señor me hizo un descuento. No esperó diez años, fueron menos.
Me fui, hice un Retiro en una pequeña casa de capuchinos en Suiza para
prepararme. Éste fue el momento en el que el Señor me habló, sobre todo a
través de Pablo, en la carta a los Filipenses, cuando Pablo habla de lo que era
antes : circuncidado, de la tribu de Benjamín, fariseo, irreprensible, un
hombre perfecto, podía incluso ser canonizado... pero todo lo que yo
consideraba una ganancia lo considero una pérdida a partir del momento cuando
conocí a Jesús como Señor, y he dejado de lado todo para encontrar esta
justicia que viene de la fe en Cristo y todo esto para conocerle a Él y el
poder de su resurrección y la participación en sus sufrimientos.
Pero lo que me impresionó más fue precisamente la palabra más pequeña de esta
frase Él. Porque cuando Pablo dice -a fin de conocerle a Él-. El pronombre
personal en este momento me parecía contener más verdad sobre Jesús que todos
los libros que yo había leído o escrito. Porque cuando Pablo dice Él, entiende
el Jesús vivo, el Jesús en carne y hueso; no una teoría sobre Jesús o una idea
abstracta. Ésta es la diferencia. Conocer a Jesús como Señor significa
conocerlo como el Viviente, el que ha resucitado. No un personaje del pasado
... ¡ Él !, a fin de conocerle ¡a Él!.
Yo llevaba un mes en esta casa de retiro y me llegó una llamada de teléfono.
Era mi superior general que me decía: “El Santo Padre te ha nombrado predicador
de la Casa Pontificia; ¿tienes objeciones serias para renunciar?”. Yo intenté
buscar objeciones serias. Pero, aparte del miedo, no encontré objeciones
serias. Entonces le dije: “Padre, si esta es la voluntad de Dios, acepto ir”.
Tuve que prepararme deprisa porque en un mes tenía que empezar a predicar mi
primera Cuaresma al Papa. Y voy a decirles algo de este ministerio. No para
hablar de mí mismo sino para hacerles conocer algo del Santo Padre. Algo que
nos revela cosas muy edificantes del Papa.
Existe este ministerio que está otorgado a la orden capuchina que se llama el
predicador de la Casa Pontificia y esto consiste en que cada viernes por la
mañana, en Advierto y Cuaresma, un fraile tiene que dar una meditación al Papa,
a sus secretarios, cardenales, obispos de la Curia Romana y los superiores
generales de las órdenes religiosas. Son entre 60 y 100 personas. Yo empecé
este ministerio y después de 23 años todavía continúo. ¡Veis la paciencia
heroica del Papa!. El lleva escuchándome veintitrés
años. Fue una gracia del Señor. Me di cuenta que era una providencia para hacer
resonar en el corazón mismo de la Iglesia, en esos momentos de gran
recogimiento, hacer resonar la gracia del Espíritu que circula en la base de la
Iglesia. Y, precisamente, unas de las primeras meditaciones fue
sobre el Bautismo en el Espíritu. Hablé con mucha fuerza de que ésta es una
gracia para toda la Iglesia. De como es una manera de hacer del cristianismo
algo vivo, de renovar la autoridad, la predicación, la liturgia, cada aspecto
de la Iglesia. Y me di cuenta de que hablé de una manera muy atrevida. Incluso
dije: “ No tenemos que decir de los laicos, ¿qué pueden darnos a nosotros los
sacerdotes y a los obispos, estos laicos?. Nosotros
hemos recibido la plenitud del Espíritu”. Así les hablé en aquel momento.
Porque el Señor puede contestarnos: “Yo también recibí la plenitud del Espíritu
en el momento de mi encarnación en María y a pesar de esto me fui al Jordán y
pedí a Juan el Bautista, que era un simple laico, ser bautizado”. Después de la
charla yo siempre me encuentro con el Papa en una salita contigua. Y yendo a
encontrar al Papa, un cardenal me dijo: “hoy en esta sala hemos escuchado al
Espíritu Santo que nos ha hablado”. Y se fue.
El Papa no falta nunca, nunca. El me edifica a mí. Pensad :
el maestro de toda la Iglesia que encuentra cada mañana, a las nueve, tiempo de
escuchar la meditación de un sacerdote, el último sacerdote de la Iglesia
Católica.
A veces, saliendo de la predicación encuentro Jefes de Estado que están
esperando para ser recibidos por el Papa y él está allí escuchando a un pobre
fraile. Un año -creo que era 1.986- faltó dos viernes porque estaba de viaje en
América Central y cuando vino, se dirigió derecho hacia mí, pidiendo perdón por
haber faltado a dos charlas. A veces yo digo a mis hermanos los laicos: ¿habéis
ido a pedir perdón alguna vez a vuestro párroco por haber faltado a la homilía
del domingo?.
Recuerdo otra pequeña anécdota. Una vez al año, en viernes santo, la homilía se
tiene en la Basílica de San Pedro. Es la única ocasión en la que el Papa
preside la liturgia, pero no habla. Se sienta y el predicador de la Casa
Pontificia tiene que subir al altar papal y dar su homilía. Y allí está toda la
Iglesia, todos los cardenales... Es un momento de gran solemnidad. Me di cuenta
inmediatamente que tenía que hablar muy despacio porque el sonido en la
Basílica retumbaba. Pero hablando despacio tardé diez minutos más de lo
previsto en el programa. Y el responsable del horario del Papa -entonces era un
obispo, después fue cardenal; ahora ya ha muerto- estaba muy nervioso y a menudo
miraba su reloj, porque el Papa después tenía que presidir un Vía Crucis en el
Coliseo. Yo no lo veía. Pero este obispo contó a algunas hermanas al día
siguiente que después de la liturgia el Papa lo llamó y le dijo: “Cuando un
hombre nos habla en el nombre de Dios, no tenemos que mirar a nuestro reloj”.
Este ministerio de proclamar la Palabra de Dios, en la simplicidad de San
Francisco y el poder del Espíritu Santo, me ha llevado por todo el mundo, por
muchas naciones. Predicando retiros a los obispos. He predicado este año a
todos los obispos de Irlanda. Tengo que predicar en Noviembre de este año 2.002
a todos los obispos de Polonia. También en Italia daré un Retiro de sacerdotes.
A menudo es la Renovación Carismática la que organiza mis viajes y ofrece la
posibilidad de Retiros para el Clero y junto a esto hay un fin de semana para
la Renovación. Queridos hermanos, es un don que la R.C.
hace a la Iglesia.
Hubo un Retiro en 1.995, con ocasión de los quinientos años de la
evangelización de América Latina. Fue un largo Retiro en Monterrey (Méjico).
Había 1.700 sacerdotes y 70 obispos de toda América Latina. Un obispo mexicano
dijo: “Si la Renovación Carismática no hubiera hecho nada más que organizar
estos Retiros para el Clero, habría ya sido suficiente para la Iglesia”. Muy a
menudo, los sacerdotes son renovados en estos retiros. Hay una gracia especial;
muchos sacerdotes que habían llegado al retiro invitados y a
veces traídos por los laicos, antes de irse daban testimonio de que
habían llegado decididos a abandonar el ministerio sacerdotal y ahora
regresaban decididos a retomar con más entusiasmo. Era un momento de gran
efusión del Espíritu. Yo estaba al lado del altar orando por los demás, y fue
en esta ocasión cuando un joven sacerdote se acercó a mí, se arrodilló y muy
decidido me dijo: bendígame padre, “quiero ser profeta de Dios”. Yo habría
hablado en la homilía precisamente de esto: que el Señor necesita profetas
entre los sacerdotes. Especialmente en América Latina, necesita profetas, es
decir, personas que permitan a Dios hablar. Este es el profeta. El profeta es
uno que se calla. “El profeta verdadero cuando habla se calla”, decía el judío
Filón. Porque en este momento no es más el que habla. Había hablado entonces de
la necesidad de profetas, y vino este joven diciendo, visiblemente inspirado,
“quiero ser profeta de Dios”. Percibí que hablaba en serio. Fue una gran
emoción para mí. Y ahora sigo sirviendo al Señor en esta manera, proclamando la
gracia del Señor, como ahora. Os voy a decir una última palabra.
Cuando mi superior me permitió cambiar mi vida y empezaba a ser predicador a
tiempo completo, en la Liturgia de las Horas -era un 10 de octubre- había un
pasaje de Ageo, el profeta Ageo.
En el pasaje, cuando después de haber reprochado a su pueblo de cuidar de su
casa y no reconstruir el Templo, el pueblo se convierte, empieza a reconstruir
el Templo de Dios, y Dios envía de nuevo al profeta Ageo,
esta vez con un mensaje de consuelo. Dice ahora: “¡Ánimo, Zorobabel,
id al trabajo porque estoy yo con vosotros! –oráculo del Señor-”. “¡Al trabajo, Josué, al trabajo pueblo
entero del país porque estoy yo con vosotros! –dice el
Señor-”
Después de leer este pasaje en la Liturgia de las Horas, me fui a la plaza de
San Pedro. Quería orar un poco a San Pedro para bendecir
mi ministerio nuevo. En la plaza de San Pedro no había nadie; era un día de
octubre muy lluvioso. Como si la palabra de Dios se volviera viva, mirando
hacia la ventana del Papa, empecé a gritar: ¡Ánimo, Juan Pablo II, al trabajo
porque estoy yo con vosotros! Era muy fácil porque no había nadie alrededor.
Y después de tres meses, me encontré que estaba frente al Papa, y le dije lo
que había hecho bajo su ventana. Y de nuevo proclamé este pasaje de Ageo, pero no como una cita, sino como una palabra viva, en
este momento, para el corazón de la Iglesia. Entonces, mirando al Papa, que
estaba al lado mío, empecé a decir: ¡Ánimo, Juan Pablo II!, a pesar de que Juan
Pablo II es el hombre que tiene más ánimo de toda la humanidad, pero en el Nombre
del Señor, ¡ánimo Juan Pablo II, ánimo Cardenales y Obispos de la Iglesia
Católica, y al trabajo porque estoy yo con vosotros
Y siempre cuando el Señor me envía a alguna parte del mundo, repito este
mensaje de nuevo como una palabra viva, no como un recuerdo de antaño.
Entonces, ahora os digo a vosotros: ¡Ánimo, ánimo sacerdotes y laicos de la
Renovación Carismática de España, de la Iglesia de España, y al trabajo porque
estoy yo con vosotros! –dice el Señor-. ¡Amén!.